de Santiago Rusiñol

 

Teatre Lliure, del 10 de maig al 19 juny de 1983

Festival Grec, del 8 al 13 d'agost de 1983

 
 

DIRECCIÓ, ESPAI ESCÈNIC I VESTUARI: Fabià Puigserver AJUDANT DE DIRECCIÓ: Carme Portaceli
MÚSICA: Ramon Muntaner IL·LUMINACIÓ: Xavier Clot
INTÈRPRETS: Jordi Bosch (secretari), Joaquim Cardona, Imma Colomer, Lluís Homar, Quim Lecina, Alfred Lucchetti, Blai Llopis, Domènec Reixach, Antoni Sevilla, Carlota Soldevila, Emma Vilarasau
GIRA: 1983 > Girona (2) / Grec (6)
1984 > Olot / Igualada (2) / Torelló / Terrassa (3) / Reus (2) / Karlsrühe (Alemanya)
 

"Joaquim Cardona i Jordi Bosch, el senyor Tomàs i el secretari, respectivament, dos dels personatges més exagerats i burlescos, adobaven amb sal de sainet el contrapunt del melodrama". ["Teatre Lliure 1976-1987", maig de 1983]

 

"L'HÉROE", UN DISPARO AMBICIOSO Y DESVIADO [Xavier Fábregas: La Vanguardia, 12/05/83]

El 17 de abril de 1903, unas horas antes de que en el escenario del Romea se estrenara su drama «L'héroe», Santiago Rusiñol se encaramaba al tren en la estación de Francia y ponía rumbo a París. Hizo santamente: «L'héroe», que ahora ya es un drama octogenario, fue considerado en su momento una grave provocación. En efecto, una obra de teatro, que se atrevía a criticar frontalmente los delirios militaristas cuando todavía escocía la pérdida de las últimas colonias españolas sólo podía ser obra de un idealista fanático o de un humorista cargado de escepticismo, y este era el caso de Santiago Rusiñol. No es que hoy las cosas hayan cambiado mucho, pero aparecen adornadas con otros nombres y otras circunstancias, por lo tanto, si las referencias históricas no se substituyen, «L'héroe» de Rusiñol no ha de suscitar las iras de nadie: transcurridos ochenta años los uniformes son diferentes, es diferente la retórica y hablar de Cuba o de Filipinas ha dejado incluso de irritar a la parte más fogosa del censo electoral del país. Si no se juega a la aproximación de los nombres geográficos «L'héroe» se ha de defender en el escenario por sus estrictos méritos dramáticos, y eso es lo que Fabià Puigserver ha intentado al escoger el texto y llevarlo sobre el espacio escénico del Teatre Lliure.
Ahora bien, ¿de qué manera hay que coger al texto de Santiago Rusiñol? A mí me parece que no se le puede coger por separado, es decir, considerándolo como un hecho aislado dentro de la producción rusiñoliana. Hacerlo así nos induciría a encontrar en «L'héroe» unas particularidades que no posee; la clave de un proceso dramático no acostumbra a hallarse en una sola obra, sino en las tendencias, las tentaciones y los procedimientos que atraviesan los diversos períodos de escritura de un autor. Juzgar «L'héroe» como un hecho aislado es pecar de miope. Sólo así puede entenderse que al hablar de dicha obra se recurra al término «melodrama»; si en el inventario de nuestra literatura hay un escritor impermeable al melodrama este escritor es Santiago Rusiñol. El teatro de Rusiñol puede discurrir por los parajes de la ironía, de la alegoría programática más excitada e incluso por las tenues atmósferas maeterlinckianas: «Els jocs florals de Canprosa», «Cigales i formigues» y «El jardí abandonat» ilustran aspectos de este itinerar del autor por senderos diversos. Sin embargo, cuando Rusiñol decide enfrentarse con la estructura del drama lo hace a partir de la tradición del teatro catalán del XIX, una tradición repleta e ininterrumpida desde comienzos de siglo que es la tradición del sainete. «L'héroe», si trasciende las dimensiones y las ambiciones del sainete —del tipo de «Els punxa-sàrries», que Rusiñol estrena en 1904 y en el que recupera y amplía algunos personajes de «L'héroe»— es por yuxtaposición de elementos. Lo que dentro de la precisa mecánica de «L'héroe» tiene un sonido de latón es, precisamente, el ingrediente tremendista del que Rusiñol no se sabe servir y que se ve obligado a esparcir aquí y allá a fin de acentuar la nota antibelicista del drama.
Haber montado «L'héroe» desestimando la intención provocativa con que fue escrita, y pese a ello poner el acento en un mejunje melodramático accesorio —que sólo se justifica en razón de aquella provocación es un contrasentido. Y éste ha sido el error del Lliure. El chirrido melodramático queda de esta manera pendido del aire y la segura dinámica del sainete, en tanto que elementó vertebrador de lá pieza, acaba por imponerse. Ya sé que, con estas cartas en la mano, Fabià Puigserver había de perder la partida, y habían de resultar inútiles tanto sus esfuerzos cómo los de los actores.
En «L'héroe» hay dos excelentes interpretaciones, la de Joaquim Cardona y la de Emma Vilarasau. Pero los personajes que interpretan, el señor Tomás, estampa de opereta perfectamente dibujada, y Carme, criatura de la más pura estirpe melodramática, no encajan dentro de un mismo discurso teatral, se destruyen mutuamente. De este desequilibrio que a mi entender arranca del planteamiento que ¡he intentado explicar, sufren los demás personajes del drama: Lluís Homar, Domènec Reixach, Alfred Lucchetti, Carlota Soldevila, para citar sólo los actores con mayor responsabilidad, cumplen de forma excelente con las exigencias del montaje, que no son las del texto. «L'héroe» del Lliure es un trabajo vistoso, hecho con el nivel característico de la compañía y supone sin duda una de las aventuras más arriesgadas y más interesantes de cuantas se han emprendido en el local de Gracia. La escenografía de Fabià Puigserver, muy bella pero innecesariamente naturalista, y la música de Ramón Muntaner, ayudan de dar a «L'héroe» el acabado de un montaje merecedor sin duda de atención, pese a lo exiguo de los resultados.

 

L'HÉROE [Gonzalo Pérez de Olaguer: El Periódico, 17/05/83]

El espectáculo que Fabià Puigserver propone en el Teatre Lliure hecho en coproducción con el Centre Dramático es un trabajo fluido para el espectador, brillante en su aspecto visual (por lo que tiene de documentación de una época y de unos tipos) y cuenta con una espléndida música de Ramon Muntaner.
L'héroe, de Santiago Rusiñol, cuando su estreno en el Romea en 1903, significó una provocación al criticar con fina ironía los delirios de grandeza de los militares, precisamente en el contexto del momento de la pérdida de las colonias. Hoy ése aspecto provocador ya no existe; queda, en todo caso, el antibelicismo de Rusiñol, su defensa humana del trabajador honesto. Según tengo entendido, los herederos de Rusiñol no han permitido tocar ni una coma del texto original, por lo que no ha sido posible el acercamiento del texto.
En esta singular obra, Rusiñol mantiene su línea de sainete, pese a que utiliza el melodrama no sólo para explicar la historia sino para hacer más ostensible los claros motivos que le llevaron a escribir L'héroe. Lógicamente el espectador verá que aquello va de melodrama, pero el buen hacer de todo el equipo del Lliure conseguirá también que ese mismo espectador entienda al autor y sitúe la obra en su momento.
Pienso que en el espectáculo del Lliure no podemos hablar de un buen trabajo pese a la obra, ni de que Puigserver salva a Rusiñol. Creo que había conciencia del texto que se iba a verticalizar, y de ahí el riesgo del Lliure y el interés que despierta su resultado -ignoro si era esa la intención de Fabià Puigserver, actoralmente muy bien defendido, y meticuloso en su calidad como es la norma de la casa.,
Enmarcado en una escenografía naturalista de Fabià Puigserver, los actores en su mayoría, dan y bien vida a unos personajes espléndidamente dibujados. Dentro de ese buen nivel general señalaría los trabajos de Carlota Soldevila, Joaquim Cardona y Lluís Homar. La ternura, el humor, la ironía y el tremendismo que conviven en la obra llegan al espectador, a quien el espectáculo deja satisfecho. La noche del estreno hubo muchos aplausos: uno notó que la cosa gustó, lo que me consta siguió ocurriendo en las representaciones siguientes.

 

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